SANTIAGO GARCIA
los treinta años cuando ingresó, a finales de la década del cincuenta, a la televisión nacional que dirigía por entonces Bernardo Romero Lozano. Desde niño había querido ser pintor. Por ello estudió más tarde arquitectura en Colombia y en Europa. Había nacido en Bogotá, en el barrio Las Nieves, pero provenía de una familia de clase media con ancestros santandereanos. Su padre, que había sido militar, murió a consecuencia de una picadura de serpiente en Muzo, a donde su espíritu aventurero lo había llevado para buscar fortuna en las minas de esmeraldas.
Los dos primeros años de primaria los realizó en Puente Nacional. Pero luego estudió en Bogotá en un colegio muy simpático que se llamaba “Colegio Metropolitano” en donde sólo se dictaba una materia que era la historia de Egipto, y a partir de esa historia se enseñaba las matemáticas, la geografía, la astronomía y la física. De manera que Santiago aprendió primero los signos de las letras egipcias que las arábigas.
Este singular método pedagógico casi traumatiza a Santiago cuando entró a estudiar el bachillerato en el “Liceo Cervantes” pues, de repente, se dio cuenta que desconocía todo lo relacionado con la historia y la geografía de Colombia; aunque en matemáticas estaba muy adelantado pues ya sabía trigonometría. Entonces descubrió que la historia de Colombia era mínima comparada con los cinco mil años de la historia egipcia y que el Río Magdalena era prácticamente una quebrada en relación con el inmenso Río Nilo. De manera que aplicando un método de analogía imaginó llegar con Jiménez de Quesada por el Río Grande de la Magdalena. De ese modo fue descubriendo la historia de Colombia y, al poco tiempo, estaba perfectamente integrado con el nivel de conocimiento de los demás niños.
De su infancia en Puente Nacional recuerda especialmente las veladas nocturnas que concitaba una criada para contarles a los niños de la casa las historias escatológicas de Francisco de Quevedo, las cuales eran muy populares en Santander. Allí estaría de alguna forma la fuente generadora de El diálogo del rebusque, obra basada en distintos textos de Quevedo, que estrenó La Candelaria en 1981.
Durante el bachillerato alcanzó a presenciar algunas obras del teatro de sátira política de Campitos, así como algunas comedias de Luis Enrique Osorio. Pero lo que más le impresionó fueron los montajes de La vieja dama de Friedrich Dürrenmatt y la desoladora vida de Willy Loman en La muerte de un agente viajero de Arthur Miller. Ambas obras las presentó la Compañía Teatral Argentina de Francisco Petrone en el antiguo Teatro Municipal de Bogotá, cuya demolición, durante el gobierno de Laureano Gómez, aún le duele. Después de estudiar arquitectura en la Universidad Nacional de Bogotá viajó a París, a Londres y a Venecia para complementar su carrera. Al regresar al país, en 1956, entró a trabajar en una firma de arquitectos en un empleo prometedor. Pero un día leyó por casualidad en un periódico que había llegado a Colombia un profesor japonés para organizar una escuela de actuación. Sin pensarlo demasiado, esa noche a la salida de la oficina decidió entrevistarse con el maestro japonés que se llamaba Seki Sano, y al otro día abandonó la arquitectura para ingresar a la Escuela de Actuación donde conoció a Fausto Cabrera, a Bernardo Romero Lozano y a una multitud de actores y directores de televisión.
Al poco tiempo descubrieron en él unas cualidades histriónicas notables, y empezó a figurar en distintos papeles de los teleteatros que la Televisora Nacional transmitía en directo. Muy pronto tenía trabajo a granel en diferentes programas, llegando a ocupar el cargo de director de programación de la Televisora Nacional.
Desafortunadamente, en medio de una serie de intrigas, Seki Sano, quien había vivido en la Unión Soviética, fue acusado de comunista y expulsado de Colombia por el gobierno de Rojas Pinilla. Sin embargo había alcanzado a sembrar una semilla de pasión por el teatro y un conocimiento profundo del método de Stanislavski entre Santiago García y sus colaboradores.
En 1957, junto con Fausto Cabrera, Santiago García fundó el teatro El Búho, agrupación que, junto con el TEC de Cali, –Teatro experimental– representa el inicio del teatro moderno en Colombia. La sede del Búho se encontraba en un sótano de la Avenida Jiménez con carrera décima. Allí construyeron una estrecha sala para medio centenar de espectadores que veían representar el teatro de la vanguardia europea y norteamericana, dirigido por Sergio Bishler, Dina Moscovicci, Fausto Cabrera, Aristides Meneghetti, Marcos Tysbrother y Santiago García.
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